
Esto tiene que quedar impecable porque en breve se viene...




Que Franco no tuviera disponible el celular complicaba todo aún más. Nos dejaba menos margen para organizar algo. Así que a falta de tiempo y de plan, tuvimos que improvisar a la carrera.






¿Y estos pelotudos? –preguntó el Negro, encarando hacia la puerta de salida del café- …los voy a cagar a trompadas ya.
Lo seguí. Antes de salir le pedía a la carrera a Adalberto que nos guardara lo que teníamos sobre la mesa.
Era increíble ver cómo había cambiado el paisaje afuera en tan poco tiempo. En los balcones ahora los vecinos estaban con reposeras y sillas. La gente en la peatonal se había multiplicado. Me costó seguirle el paso al Negro, que corría hacia donde estaba la mayor concentración de personas. Mientras forcejeaba para poder pasar, un cigarrillo encendido pegó en mi hombro y una escupida monumental cayó sobre la frente de un policía. Levanté la cabeza y vi a dos obreros –pintores - que tomaban mate en un andamio colgado en el edificio lindante con el de Franco. Reían.
Algunas palomas merodeaban el tanque de agua. Desde la acera trepaban los gritos y un rumor permanente que, mezclado con el ruido del mar, componían una confusa banda de sonido.
Franco notó que el volumen de las voces aumentaba cuando él se movía. En realidad, cualquier ademán suyo era acompañado por la más variada gama de exclamaciones, que a veces le llegaban con nitidez...



